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Ningún muro tapa el hambre

No te equivoques. La mano dura no baja el delito

Desde hace meses el tema “seguridad” (un tipo de seguridad, la que tiene que ver con hechos delictuales), está en boca de todos los formadores de opinión. No es que se los quiera negar, aunque siempre han existido y de hecho las estadísticas marcan un descenso leve de los mismos en los últimos años. Sin embargo es un hecho que la “seguridad” está en el tope de la agenda pública y que no se trata de una particularidad nacional sino que es un problema que afecta a todas las sociedades modernas, en particular a las latinoamericanas. Pero los medios de comunicación construyen hechos, relatos y generan un sentido común según sus propios intereses. Ahora resulta que los problemas de seguridad se dan porque no existe una ley penal para los menores. Es la campaña de toda la derecha, incluida la oposición, encabezada por De Narváez, pero también de Scioli, el abanderado de meter preso a los menores. Ahora también se sumó Kirchner, que acusa a los jueces de ser “permisivos”.

La realidad es que ninguna ley que penalice a la minoridad bajará el índice de delitos, robos y homicidios. Tampoco la mano dura y el endurecimiento de las penas. Periodistas ‘independientes’, gente de la farándula y políticos variopintos agitan el argumento de la “permisividad” y la “debilidad” del Estado para con los que cometen delitos. Pero fue justamente en este país y hace pocos años (por si algunos se han “olvidado”) que tuvimos a personajes como Ruckauf o Rico, los abanderados de meter bala. ¿Se acuerdan? “No nos jodan con los derechos humanos”. El delito en esa época subió. Fracasaron y se tuvieron que ir.

Se dice que “los delincuentes entran por una puerta y salen por la otra”, sin embargo cada vez hay más cárceles, se siguen construyendo a un ritmo vertiginoso y la población carcelaria sube constantemente. En su mayoría jóvenes de barrios pobres o marginales, con tasas de escolarización bajísimas. ¿No será que vivimos en una sociedad que se ha ido desintegrando cada vez más, que las desigualdades son irritantes, brutales, en países donde convive la miseria indescriptible con la opulencia descarada encerrada en countries privados? ¿No será que en una sociedad de un consumismo irracional, donde se exige consumir y consumir para ser exitoso y reconocido, al mismo tiempo se le niega ese derecho a una porción cada vez mayor de la población? Es curioso, porque los mismos que apoyaron al menemismo, la privatización y el modelo económico causante de estas desigualdades, son los mismos que exigen “meter bala”, instaurar la pena de muerte y hasta se escuchan barbaridades de algunos que están a favor de la “esterilización” de las “madres de delincuentes”.

Se quiere criminalizar a la juventud, la más castigada por el desempleo y la pobreza. Ser joven es ser sospechoso, es sufrir la tortura en las comisarías, es estar expuesto al gatillo fácil y ser usado por las mafias delictuales. Es que ningún adolescente podría robar o matar sin las redes del delito organizadas por los mayores. Ningún pibe puede robar autos si no es para una gran organización de desarmaderos y toda una cadena clandestina que deje fabulosas ganancias. Son la carne de cañón, el material descartable. Y no existen redes de delito sin la connivencia de la policía, que es la que deja el camino libre a cambio de dinero. Ellos controlan todo: la prostitución, la droga, el asalto a camiones o el robo y duplicación de autos. A los pibes se los manda al frente por unos mangos y si caen presos nadie se acuerda de ellos. Sin educación, sin salud, sin empleo, sin futuro, empujados a la criminalidad, los jóvenes son luego acusados y transformados en los chivos expiatorios.

Para el delito siempre hay una doble medida: cuando afecta a gente de la zona norte, empresarios, artistas, las cámaras de TV gastan horas y horas de aire. Cuando afecta a las familias pobres de los barrios, nadie se entera. Ellos son invisibilizados, no existen. No tienen opinión pública. El delito “viene de la villa”, no lo sufre la villa, allí sólo viven “los delincuentes”, los “negros”, los “ladrones”. Y hay que hacer muros, como el de San Isidro…, y meter en cana a los ladrones de gallina, mientras los asesinos de la dictadura, los ladrones de guante blanco, los policías de gatillo fácil y la corrupción se alzan como abanderados de la moral y los paladines de la justicia.

En fin a los jóvenes se los transformó en victimarios, aunque son las víctimas, empujadas a la marginalidad y la desesperación. Son los que sufren el desempleo, la pobreza y los más explotados en los trabajos. Son los que van al frente en el delito, son el mercado del consumo del paco y tienen los peores trabajos. Pero la hipocresía del poder hegemónico nos vende otra cosa, soluciones fáciles, superficiales, para que nada cambie, para seguir como siempre. Para criminalizar más aun a los pobres, para evitar discutir los verdaderos problemas y la forma de resolver el flagelo de la inseguridad.

Ahora se está discutiendo la baja de la imputabilidad para los menores, pero está cantado que ninguna ley bajará el delito mientras las condiciones sociales de existencia sigan como hasta ahora.

Trabajo digno, educación, salud, derecho a la recreación y a la cultura es la agenda que ni el gobierno, ni la oposición de derecha, ni los medios de comunicación, quieren poner en el centro del debate.